La prueba del delito
Una simpática historia del mundo del vino
Siendo un adicto
al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de
soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que
hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una
abstinencia provocada por la distancia.
Vivir en Buenos
Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos,
una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco
en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta
de este tipo de eventos.
Pero lo que no
hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines
del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros
de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor
del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la
ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora,
para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas
productoras importantes.
Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.
La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo
se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62
años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes
a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del
Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un
destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada
en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.
Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos.
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| Ángel Ramos entre los perales de la chacra |
Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.
Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.
En mi tierna infancia
el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya
mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa
llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para
procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me
quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la
comisión de un delito.
Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.
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| La casa de la chacra, nevada. |
Ello ponía en un
brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones
arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo
reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en
los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel
de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.
Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.
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| Mi querido tío y padrino: Manolo |
En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.
Cuando destapó los
cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que
no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando
al pozo una por una, sin importar que se rompan”.
Yo no entendía
mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo,
todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se
debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que
agregar, para no perder el vino.
No me pidió que
con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a
nadie.
Hoy, ya
prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino
que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en
el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva
aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

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Gracias hermano por hacerme revivir tantos Recuerdos hermosos de esa infancia, que ricas esas uvas !!!! gracias gracias gracias a la vida por habernos dado la posibilidad de crecer con esa infancia llena de vivencias al calor de la familia.
ResponderEliminarEs lindo recordar a nuestros queridos familiares y esos tiempos inolvidables.
EliminarQue linda historia, y cuántos recuerdos de la niñez!! (me remontaste a la mía, que no tuvo nada que ver, pero igual hacia allí fue mi memoria). Gracias!
ResponderEliminarMe alegro mucho de haberte llevado a la infancia, y gracias por comentarlo!
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