Día del Chardonnay: 21 de mayo
Por qué es la cepa blanca más importante del mundo
El Chardonnay es a los blancos lo que el Cabernet Sauvignon a los tintos: la cepa más plantada y con mayor reconocimiento global.
Cepaje aristocrático y complejo, alcanza una superficie de 210.000 hectáreas en el mundo, de las cuales apenas unas 5.000 hectáreas se encuentran en la Argentina. La investigación moderna sobre huellas dactilares de ADN realizadas en la Universidad de Davis, California, sugiere que el Chardonnay es el resultado de un cruce entre las variedades de uva Pinot Noir y Gouais blanc (Heunisch).
Se cree que los romanos llevaron el Gouais blanc desde Croacia y fue ampliamente cultivado por los campesinos del este de Francia. Es originario de la región francesa de Borgoña, que ofrece los ejemplares más distinguidos en zonas como Montrachet, Mersault y Chablis, donde se lo elabora con un estilo magro, crujiente y mineral. Por su parte, en California, se lo somete a un paso intenso por barricas nuevas y a una segunda fermentación maloláctica para obtener vinos de acidez más suave y sabores frutales, con una sensación en boca untuosa, mantecosa y notas avainilladas.
Entre estos estilos opuestos, los productores obtienen infinitas variantes, que hacen del Chardonnay un gran vehículo para mostrar los diversos terroirs y técnicas de elaboración seleccionadas, aprovechando que tiene una amplia facilidad de cultivo y capacidad de adaptarse a diferentes condiciones, generalmente con excelentes resultados.
El Chardonnay es una de las tres principales variedades de uva plantadas en la región de Champagne y como tal es protagonista en los espumosos más famosos del mundo.
En Argentina es la tercera cepa blanca más plantada, a continuación de las criollas Pedro Giménez y Torrontés, encontrándose más del 80 % en la provincia de Mendoza, donde se han llegado a obtener ejemplares de clase mundial en las zonas altas del Valle de Uco (el crítico James Suckling otorgó 100 puntos a las cosechas 2018 y 2022 de Adrianna Vineyard White Bones Catena Zapata).
Organolépticamente se caracteriza por su gran versatilidad y variedad de sabores, al tiempo que es capaz de conservar las propiedades comunes que lo identifican como variedad (notas a manzana, cítricos y almendras).
En general, son vinos secos, de cuerpo medio, sin taninos y de acidez media, con niveles alcohólicos que normalmente varían de 12,5 a 14°. Puede ofrecer versiones crujientes y desnudas (sin aporte de roble) en los climas más fríos, con fragantes notas a manzana verde, pera y cítricos, incluyendo aromas o sabores calcáreos o minerales y una alta acidez. Mientras que los Chardonnay de los climas más moderados, que pasan por roble, presentan versiones más aromáticas con mucho cuerpo, sensaciones cremosas, moderada acidez y sabores a manteca, vainilla y especias que se suman a un carácter de frutas de carozo.
Chardonnay para mi
Hasta hace unos diez años, el Chardonnay no era de mis cepas elegidas entre las blancas. Simplemente porque la mayoría de las etiquetas en Argentina se volcaban hacia un estilo amaderado, mantecoso y avainillado, dado por el aporte de la barrica de roble y la fermentación malolática, que no es de mi preferencia.
Sin embargo, a medida que comenzó a elaborarse en las zonas altas del Valle de Uco, en particular en Gualtallary, donde los enólogos rápidamente descubrieron que era una picardía sepultar sus sutiles características frutales y minerales bajo el peso de la madera, comencé a buscarlos y disfrutarlos.
Actualmente es un gran compañero de muchas comidas. Mi acuerdo preferido para un lindo “Chardo”, como el Interpretación que elabora Gustavo Bertagna Wines y probé hace poco, se da con un salmón o trucha a la plancha o a la parrilla, en su punto justo de cocción y apenas adobado con una preparación de sal, ajo y limón, junto a una ensalada de verdes con rodajas de queso brie y nueces.
Linda idea festejar este jueves 21 de mayo, el día del Chardonnay.

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