Vinos de Jujuy: el Valle Templado.
No es la Quebrada de Humahuaca, pero tiene lo suyo.
Un puñado de proyectos comienzan a poner al Valle Templado en la escena vitivinícola de la provincia norteña.
Decía en la primera nota, en la que reseñé lo observado en un viaje de cinco días a Jujuy, que mi mayor descubrimiento fue que vitivinícolamente la provincia podría ser considerada como la suma de dos partes cada una muy diferente de la otra, no solo en su topografía y clima, sino también en otro de los aspectos que hace a la conformación del terroir: la cultura y tradiciones de la gente: a las zona de la Quebrada de Humahuaca debe sumarse, en una especie de Ying y Yang, la de los Valles Templados que se ubican en los alrededores de la capital, San Salvador de Jujuy.
Es esa suma la que hace que la provincia sea capaz de producir vinos de estilos en alguna medida opuestos, pero a la vez complementarios, para completar una oferta en todas las gamas de gustos y de precios, algo impensado hasta hace muy pocos años.
El Valle Templado tiene una condición climática que es muy benigna para casi cualquier cultivo, y la vid no es una excepción a la regla. Por ello, no estando más en vigencia dicha ley (que ya cumplió con creces su propósito de generar una industria fuerte del vino argentino a nivel mundial, concentrando los viñedos en Cuyo), es que muchos emprendedores van haciendo nacer pequeños proyectos de viñedos a lo largo de todo el país y Jujuy no iba a ser una excepción, siendo una de las provincias que más ha crecido en porcentaje de superficie plantada en los últimos años.
Primero lo hicieron en la zona de la quebrada, donde las condiciones para plantar viñedos pueden parecer más desafiantes, pero que cuenta con una importante afluencia turística de origen no solo nacional, sino también internacional, en general de alto poder adquisitivo y acostumbrados a exigir gastronomía de buen nivel y, con ella, buenos vinos. Por ello, en la Quebrada de Humahuaca casi todos los proyectos cuentan con recepción de enoturismo, ofreciendo visitas guiadas, gastronomía e incluso algunas con alojamiento.
Y a continuación, quizá alentados por los buenos
resultados de los que incursionaron primero en la quebrada, comenzaron a
florecer pequeños viñedos en el Valle Templado que fueron descubriendo, con la
experiencia de estos pocos años, que si bien la vid acepta gustosa su clima benigno
y suelos fértiles, la zona al mismo tiempo presenta algunos desafíos no
menores a resolver. El principal es que las lluvias alcanzan niveles que pueden
superar ampliamente los que la vid necesita para crecer y desarrollarse, con la exigencia adicional de que la mayor parte precipita en la
temporada de cosecha, que en esta zona cálida y casi tropical en verano, se
produce entre enero y marzo, a más tardar.
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| Finca Machuca |
Todos los
productores que visitamos que trabajan con uvas de esta zona remarcaron la
dificultad que se presenta para decidir el mejor punto de cosecha, en el que se busca una madurez azucarina y polifenólica equilibradas, dado que la misma se produce
súbitamente en ventanas de tiempo muy cortas, que normalmente no superan las dos semanas. Y si la llegada de esta madurez se da justo en un periodo de lluvias fuertes y prolongadas que impide la cosecha, las uvas se llenan de agua, reduciendo
súbitamente su alcohol potencial y su calidad general.
Es un fenómeno
poco usual en Cuyo (aunque el cambio climático global lo volvió un poco más
frecuente, con la cosecha 2016 como paradigmática en ese sentido) pero bastante conocido en otras
regiones del mundo, como por ejemplo en la Borgoña y ello no les impide
obtener vinos catalogados entre los mejores del mundo. La cuestión es trabajar
anticipando esa posibilidad y reduciendo sus efectos y alcances de todas las
maneras posibles.
Santiago Labarta, propietario de Finca Tuluz, enólogo residente de Sueños de la Quebrada y de Bodega El Molle en la zona de Monterrico del Valle Templado,
hace hincapié en la anticipación del punto de cosecha como uno de los
principales recursos, marcando que ello pone a esta región como la primera en
comenzar la cosecha en el hemisferio sur, a veces llegándose a vendimiar las
blancas en la última semana de diciembre.
Y la pregunta que
surge es: ¿Deviene esto en vinos de menor calidad enológica? Dejemos la
respuesta para más adelante.
Sergio Zanardi (en la foto de abajo junto a Paul Farfán), enólogo mendocino que no solo trabaja viñedos propios y de terceros en su
provincia natal, sino que también dirige la enología de Bodega La Magdalena, ubicada muy
cerca de El Molle, insiste en la importancia de identificar las variedades que
se adaptan mejor a este terroir y menciona, entre ellas, la Merlot y la
Sauvignon Blanc, de ciclos más bien cortos y para las cuales no es necesario
esperar tanto la maduración.
El ingeniero
agrónomo Ezequiel Bellone (en la foto de abajo con María José Gonzáles) es jujeño y viene trabajando los viñedos de su
provincia desde antes de obtener su título (Amanecer Andino, Yacoraite y otros), cuenta que le gusta comparar la
viticultura local con el éxodo jujeño, cuando los pueblos originarios debieron
abandonar obligadamente la región bajo la conquista española. Pero resalta que “a
Jujuy siempre se vuelve” haciendo una comparación con el regreso de los
viñedos, antes poblados con uvas criollas o híbridas, como la Isabella o Chinche,
y ahora renacidos con mayoría de uvas francesas.
Sebastián Escalante y Luciano Peirone son jóvenes, se recibieron juntos de agrónomos y elaboran vinos para su proyecto Antropo con uvas compradas a productores de ambas regiones, manejando además el trabajo de Finca Machuca en el Valle templado. Fueron de los primeros en advertirnos de una característica fácil de encontrar en los vinos de la zona, especialmente en los tintos: las notas ahumadas que son característica directa de la acción de los masivos cultivos y ahumaderos de tabaco que predominan en la región. También lanzaron una sentencia bastante jugada: “los vinos del Valle Templado no tienen la carga polifenólica suficiente para ser vinos de guarda, se pinchan con el tiempo”. No me atrevo aún a apoyar esta afirmación, el tiempo dirá. En cuanto a la elección de variedades, sumaron a la Marselán (cruza genética de Cabernet Sauvignon y Garnacha) por su buena adaptación a la humedad.
Pero volvamos a
esa pregunta que dejamos sin contestar. Está bastante claro que la tipología de
los vinos del Valle Templado es completamente diferente a los de la Quebrada
de Humahuaca. Aquí es dable esperar vinos muy frescos, fragantes y jóvenes, de
bajo nivel de alcohol, con cierta preponderancia de blancos y rosados, y
también marcados por una buena acidez natural en general, evitando el uso de la
madera. Al respecto Santiago Labarta valora que “son justamente el tipo de
vinos que el mercado está demandando actualmente”.
El tema tiene también otras aristas, la máxima calidad no se puede lograr en muy poco tiempo, y menos en un vino, especialmente en una región que difiere tanto de las otras del país que sí la logran, obligando a experimentar y adaptarse. Dependerá de la calidad de los recursos humanos y técnicos que se puedan ir disponiendo, de la velocidad del aprendizaje del error del que hablábamos al principio y de la paciencia y el enfoque de los productores por obtener la mejor representación de su terroir.
En ciertos aspectos, la zona es más parecida a otras del viejo mundo que a las que estamos acostumbrados en nuestro "nuevo mundo" vitivinícola. ¿Por qué no soñar con un futuro promisorio y diferenciado también para
este tipo de vinos?
Notas de El Ángel del Vino sobre los vinos de Jujuy:

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