Crece el vino en Jujuy
La Quebrada de Humahuaca se va pintando de vides
En 2003 la UNESCO declaró a la Quebrada de Humahuaca Patrimonio Cultural de la Humanidad gracias al importante arraigo cultural de la región y, desde 2015, la zona cuenta con Indicación Geográfica propia para los vinos elaborados con uvas de sus viñedos.
Dos horas de vuelo desde Buenos Aires bastan para adentrarse en un paisaje de ensueño, con condiciones que, para un personaje urbano como yo, pueden resultar al mismo tiempo fascinantes, pero también algo extremas. Fascinantes son los cerros, que explotan en colores, y las quebradas, que con sus contornos y facetas hacen que los radiantes rayos del sol produzcan a cada hora tonalidades distintas, contrastantes con el azul, muy azul, del cielo.
Es que en la Quebrada de Humahuaca uno se siente (y está) más cerca del cielo, en un mundo completamente distinto, que nos expone en un abrir y cerrar de ojos a una realidad tan diferente, que obliga a tomar un tiempito para acostumbrarse y más aún para comprenderla mínimamente.
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| Mapas por Geografía del Vino de Guillermo Corona |
Ello sucede porque los cambios son contundentes: los ojos piden el auxilio de anteojos para disminuir su abrasador influjo. Y eso mismo afecta a las viñas que intentan proteger las semillas, para que puedan seguir creciendo bien dentro de las uvas, engrosando sus pieles. Al mismo tiempo, los viticultores suelen disponer su conducción en parrales o trabajar cuidadosamente la canopia, para cubrir y cuidar los racimos.
El clima es seco, muy seco, y los labios enseguida se resquebrajan, así como lo hacen las barricas de roble, dando lugar a lágrimas de vino que manchan sus paredes exteriores y obligan a los bodegueros a cuidar mucho y humidificar artificialmente las cavas de guarda y, en los viñedos, a estar muy atentos con el riego. Y también los vientos son frecuentes y afectan a los viñedos.
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| Amanecer Andino |
La altura es un factor muy importante, que cambia la cadencia con que late el corazón y la de nuestra respiración, o nos impide movernos al mismo ritmo que en el llano. A las vides les otorga un ciclo también distinto debido a que, además de aumentar la incidencia solar ya comentada, se genera una amplitud térmica notable. La abrupta caída de la temperatura que se da apenas el sol se esconde por detrás de los cerros, obliga a arroparnos no bien desaparece la luz solar y a las vides les permite cerrar sus estomas y descansar al abrigo del frío, guardando la riqueza que la fotosíntesis durante el día les permitió generar.
Viñedos trópico Sur de Bodega El Bayeh
En estas condiciones, todo se vuelve más lento, se ralentiza, obligándonos a caminar más despacio, respirar más seguido y profundo, e incluso a meditar sobre cómo lo hacemos, poniendo especial atención en el ritmo, extensión e intensidad de la respiración. La vid encuentra algo parecido y eso se refleja en una maduración más lenta y también en una mayor concentración y acidez, lograda gracias a esas noches frías que les permiten descansar y prepararse mejor para enfrentar el sol del día siguiente.
Claro que la vid nace aquí mismo, y va por lo tanto encontrando su propio ritmo de forma natural logrando una adaptación a cada una de esas condiciones, entre las cuales se encuentran los suelos en los que se amarran sus raíces. Y este es otro punto diferenciador respecto a muchos de los viñedos de otras regiones argentinas.
Aquí los viñedos son siempre pequeños, debiendo obligadamente amoldarse a los accidentes geográficos de las sierras, los cerros, las quebradas y el paso de los numerosos cursos de agua que bajan desde éstas en el verano y que pueden ser abruptos y voluminosos, obligando al viticultor a elegir bien el lugar donde plantar para que el agua no se lleve puestas las plantas.
Así, cada parcela se acomoda y sigue los caprichos de la roca, de los arroyuelos y las vertientes, muchas veces formando terrazas o siguiendo pendientes que van variando en pocos metros de la misma manera en que se han ido conformando esos suelos.
Entonces, cada lugar es distinto de otro, no sólo en lo relativo a la disponibilidad de nutrientes sino también a la exposición al sol, su intensidad y su duración, lo que en definitiva influirá en el resultado final obtenido.
Por ello, los productores que buscan diferenciarse y a la vez ser lo más genuinos posible con sus uvas se ven obligados a elaborar pequeñas partidas que reflejan lo que cada parcela es capaz de brindar.
Viñedo y Bodega Amanecer Andino
El ingeniero agrónomo y máster en viticultura y enología Ezequiel Bellone (40 años) es jujeño, fue uno de los primeros que comenzó a trabajar la vid en su provincia natal, colaborando en la mayor parte de los proyectos vitícolas. Cuenta que, cuando estaba en la facultad, quedó impactado por la materia eco fisiología de la vid, dictada por Roberto Borgo. En 2007 completó su tesis de grado con ese tema concluyendo, en base al estudio de un viñedo de Ramón Cerrudo que tenía apenas 300 plantas, que en la zona del Valle Templado se adaptaban mejor las vides de ciclos cortos pero que, subiendo en altura por la Quebrada de Humahuaca, se podían plantar a las de ciclos más largos, lo cual pudo comprobar cuando trabajó en los viñedos de extrema altura de Claudio Zucchino (Viñas de Uquía).
Y allí está la clave: saber interpretar este terroir es fundamental, trabajar el viñedo atento a cada una de sus particularidades, para no dejar escapar nada y captar en cada botella la esencia única de su origen.
Si bien se conoce que desde hace muchísimos años las familias originarias cuidan antiguas plantas de uvas criollas con las que elaboran vinos artesanales, para consumo particular y dentro de su comunidad, en esta nota nos referimos a la nueva viticultura jujeña, la de estos tiempos modernos, que tiene escasos 20 años de trayectoria (según datos oficiales del INV hasta el año 1999 no había declarada ni siquiera una hectárea completa plantada con viñedos).
Está claro que hay mucho aún por hacer, pero se nota una búsqueda de ir aprendiendo y comprendiendo cada lugar, cada viñedo, cada parcela y ¿por qué no? cada planta. Para ello muchos productores locales suman el aporte de asesores experimentados como Alejandro Sejanovich en Huicahira y su coequiper la enóloga local Diana Bellincioni (nota sobre Bodega Kindgard), Lucas Niven (Yacoraite), Lucas Richardi (Amanecer Andino), Walter Bressia (Sueños de la Quebrada), Gabriela Celeste (ex Viñas del Perchel), José Luis Mounier (ex Tukma), Mauricio Vegetti (Entre Cerros), Marcos Etchart (nota sobre Bodega Dupont), Matías Michelini (El Bayeh), Andrés Vignoni y Facundo Impagliazzo (Yanay), entre otros.
En cuanto a los productores es importante que sean conscientes de que, en un lugar tan especial, el vino transmite “todo” y por ello que es necesario que le brinden muchas dedicación y amor a sus proyectos, a la vez de cuidar su entorno, sus trabajadores y colaboradores, e incluso a sus visitantes y clientes, y que sean tan generosos con ellos como la generosidad que le piden a la Pachamama en relación a sus cultivos.
Seguramente quienes así lo hagan lograrán destacarse, crecer y sostenerse en el tiempo, para ser dignos exponentes de esta nueva generación de vinos jujeños.
Notas de El Ángel del Vino sobre los vinos de Jujuy:


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