Los Chacayes: un territorio, muchos lugares
Una de las Indicaciones Geográficas más diversas del Valle de Uco
Hace un tiempo publiqué en El Ángel del Vino una nota que titulé “Los Chacayes: la Quinta Avenida del Valle de Uco”. Había recorrido durante dos días distintos proyectos de la zona y regresé con la sensación de que, finalmente, habían terminado de encajar las piezas de un rompecabezas. Conocía algunos de sus vinos y bodegas desde mucho antes, pero aquel viaje me permitió comprender la dimensión que estaba adquiriendo Los Chacayes, no solo por la calidad de sus vinos sino también por el desarrollo del enoturismo, la gastronomía y los emprendimientos inmobiliarios vinculados al vino.
Volví y ocurrió algo curioso: descubrí que aquel rompecabezas al que creía haberle encontrado la forma tenía muchas más piezas. Porque si algo queda claro al recorrer Los Chacayes es que resulta difícil hablar de “Los Chacayes” como si fuera un territorio homogéneo. En relativamente pocos kilómetros cambian las alturas, pendientes, temperaturas, suelos y hasta la influencia de la montaña. Y esas diferencias naturalmente terminan llegando a las plantas y, finalmente, a las copas. Quizás allí resida una de las mayores riquezas de esta IG.
Un viñedo joven frente a una montaña muy antigua
Los Chacayes es una Indicación Geográfica del departamento de Tunuyán, en el Valle de Uco. Su reconocimiento como IG llegó en 2017, pero la historia vitivinícola moderna de este lugar es sorprendentemente reciente. Según explica Guillermo Corona en su libro Raíces del vino, antes de 1997 no había viñedos plantados en el piedemonte de Los Chacayes. Los primeros desarrollos comenzaron hacia fines de aquella década y posteriormente avanzaron desde las zonas más bajas hacia sectores ubicados a mayor altura.
Es decir que aquí no encontraremos aquellas viñas centenarias que constituyen parte del patrimonio vitivinícola de otras regiones mendocinas. Los Chacayes es, en ese sentido, tierra de viñas nuevas. Y quizás esa juventud sea también una de las razones que explican su carácter inquieto. Es un territorio en el que productores, ingenieros agrónomos y enólogos todavía continúan aprendiendo, estudiando parcelas, interpretando suelos y buscando qué plantar, dónde hacerlo y cómo expresar mejor cada rincón.
El Malbec domina ampliamente el paisaje, pero convive con Cabernet Sauvignon, Chardonnay y muchas otras variedades. Los Chacayes ha encontrado además un terreno particularmente interesante para cepas mediterráneas, algo que comprobamos en las copas de distintos productores. Pero para comprender por qué pueden aparecer expresiones tan diferentes dentro de una misma IG hay que levantar los ojos de la copa y mirar el paisaje.
De 950 a 1.500 metros: la altura cambia las reglas
Una de las particularidades más fascinantes de Los Chacayes es su enorme amplitud altitudinal. Los viñedos se distribuyen aproximadamente entre los 950 y los 1.500 metros sobre el nivel del mar. Son alrededor de 550 metros de diferencia dentro de un mismo distrito.
Quien recorra la Ruta Provincial 94 en dirección al Manzano Histórico puede advertirlo. El paisaje va transformándose mientras uno asciende y la Cordillera deja progresivamente de ser un hermoso telón de fondo para convertirse en una presencia casi física. Los cambios de pendiente, la cercanía a la montaña y las diferencias de exposición modifican las condiciones climáticas. En los sectores más bajos pueden darse veranos calurosos, mientras que las noches mantienen temperaturas considerablemente más frescas. Al ascender, las máximas disminuyen y cobra mayor importancia la influencia cordillerana.
Incluso sucede algo contraintuitivo: la mayor altura no necesariamente significa mayor riesgo de heladas. Las pendientes favorecen el movimiento del aire frío hacia sectores inferiores y hacen que Los Chacayes sea una zona relativamente menos expuesta a ellas dentro del Valle de Uco.
Y después están las nubes. Quien haya recorrido la zona seguramente habrá visto esa especie de falda que comienza a instalarse sobre la montaña. No es solamente parte de la belleza del paisaje. En algunos sectores altos esa nubosidad reduce la radiación solar y la temperatura y aumenta la humedad relativa, generando condiciones particulares incluso entre viñedos separados por pocos kilómetros. Cuando uno empieza a sumar todas estas variables comprende por qué hablar simplemente de “altura” resulta insuficiente.
El mito del mar de piedras
Durante mucho tiempo se instaló una imagen bastante simplificada de Los Chacayes: piedras, piedras y más piedras. Y efectivamente hay lugares donde la definición parece perfecta. Basta caminar algunos viñedos para encontrarse con superficies en las cuales cuesta imaginar cómo una planta puede abrirse camino entre semejante cantidad de material.
Pero Los Chacayes es mucho más complejo. El trabajo de Corona permite interpretar el territorio a partir de distintas formaciones aluviales, con diferencias importantes de edad, pendiente y composición. Arena, limo, gravas y sectores con presencia de carbonatos pueden aparecer y modificarse en distancias sorprendentemente pequeñas. Durante miles de años, el agua descendió violentamente desde la montaña transportando materiales de tamaños diferentes, abriendo cauces, abandonándolos y comenzando nuevamente en otro sitio. El resultado de esos procesos está debajo de las vides que vemos hoy.
Allí aparece otra clave para entender la diversidad de Los Chacayes: el suelo cambia, y bastante. Por eso dos vinos elaborados con la misma variedad, dentro de la misma IG e incluso provenientes de viñedos relativamente cercanos pueden ofrecer perfiles diferentes. La pertenencia a un lugar importa. Pero dentro del lugar, la parcela empieza a importar cada vez más.
Y debajo de todo, el agua
Hay otra protagonista de esta historia que no siempre se ve: el agua. En una región árida como Mendoza nada puede comprenderse completamente sin preguntarse primero de dónde proviene el agua que permite cultivar. La nieve y el hielo acumulados en la Cordillera alimentan los escurrimientos que descienden hacia el piedemonte. La cuenca del Arroyo Grande tiene un papel fundamental, tanto para el riego superficial como para la recarga de los acuíferos.
Pero buena parte del desarrollo vitícola de Los Chacayes depende del agua subterránea. En sectores centrales de los abanicos aluviales el recurso debe bombearse, según Corona, desde profundidades que pueden ubicarse aproximadamente entre los 200 y 350 metros. Extraerla implica energía, infraestructura y costos, y ayuda también a entender por qué la disponibilidad de agua ha ido condicionando la expansión de la frontera agrícola, pudiendo observarse aún muchas hectáreas de flora nativa.
Es una buena paradoja: uno mira Los Chacayes y piensa inmediatamente en piedra, montaña y desierto. Sin embargo, gran parte de la posibilidad de producir vino allí depende de aquello que no vemos bajo nuestros pies.
Un territorio que también presenta batalla
El paisaje es extraordinario, pero cultivar la vid allí no significa hacerlo en condiciones ideales todos los años. La montaña da y también exige. El granizo constituye uno de los riesgos de la región y explica la presencia habitual de mallas de protección. El Zonda, especialmente cuando coincide con momentos sensibles del ciclo vegetativo, puede afectar el cuaje y producir daños sobre las plantas. Y las tormentas estivales pueden descargar mucha agua en períodos breves, reactivando cauces que permanecieron secos durante buena parte del año.
Son circunstancias que el visitante ocasional difícilmente advierta mientras contempla un viñedo perfectamente alineado contra la Cordillera, pero están ahí. Y también forman parte del terroir, porque el terroir no es solamente aquello que favorece a una planta. Es también el conjunto de condiciones a las que quienes trabajan la tierra deben adaptarse.
¿Existe entonces “el vino de Los Chacayes”? Ésta es posiblemente la pregunta más interesante. En mi nota de 2023 busqué algunos denominadores comunes. Hablé con enólogos de la zona y aparecieron conceptos como fruta negra, especias, frescura y, fundamentalmente, la particular expresión de los taninos. Sigo encontrando válido aquel análisis.
Pero después de regresar y de profundizar en la enorme diversidad interna de la IG, creo que hoy agregaría una salvedad: cuanto más conocemos Los Chacayes, más difícil resulta encerrarlo dentro de un único estilo de vino. No expresa lo mismo una finca próxima a los 1.000 metros que un viñedo cercano a los 1.500. Tampoco son iguales los suelos de los distintos abanicos aluviales ni su relación con el agua, las pendientes, la radiación y la montaña, hay un hilo conductor, pero existen muchos matices. Y eso, lejos de representar una debilidad, quizá sea una de las grandes fortalezas de Los Chacayes.
Incluso ya existe la posibilidad de ir un paso más allá y pensar subdivisiones dentro de la propia IG. Corona propone observar distintos sectores a partir de combinaciones de clima, altura, pendiente y suelo. Podrá discutirse cuánto detalle necesita o está preparado para comunicar el vino argentino, pero la pregunta en sí misma resulta fascinante. Porque supone pasar de preguntar si un vino es de Los Chacayes a preguntarnos de qué parte de Los Chacayes proviene y ese pequeño cambio encierra una enorme evolución.
Los Chacayes también son las personas
Pero cometeríamos un error si intentáramos explicar todo solamente mediante piedras, altitudes, temperaturas y precipitaciones. Porque el vino siempre necesita de alguien que interprete el lugar.
Una característica interesante de Los Chacayes es la diversidad de sus productores. Conviven grandes desarrollos con pequeños proyectos, fincas que venden uvas con bodegas que elaboran lo que cultivan y emprendimientos en los cuales distintos propietarios poseen pequeñas parcelas y desarrollan sus propios vinos. A ello se agrega un elemento que me parece particularmente valioso: la voluntad de trabajar colectivamente.
La IG fue reconocida en 2017 y en 2019 se formalizó la Asociación de Productores de Los Chacayes, continuando un trabajo conjunto que ya venía desarrollándose. En lugar de construir una identidad basada en reglas excesivamente restrictivas, sus integrantes optaron por preservar un espacio en el cual diferentes maneras de cultivar, elaborar e investigar pudieran convivir.
Tal vez eso también explique parte de la energía que uno percibe cuando recorre el lugar. Hay identidad, pero todavía hay búsqueda. Y pocas cosas resultan más interesantes en el vino que visitar una región mientras todavía se está descubriendo a sí misma.
Volver a Los Chacayes
Dos años atrás llamé a Los Chacayes “la Quinta Avenida del Valle de Uco” por la combinación de grandes vinos, gastronomía, bodegas, alojamientos y proyectos enoturísticos que encontré concentrados en esta zona. No me arrepiento de aquella comparación, pero hoy, después de regresar, me interesa otra dimensión.
Quise mirar detrás de ese escenario magnífico que inevitablemente captura nuestra atención. Entender un poco mejor por qué cambia el paisaje mientras ascendemos por la Ruta 94, qué hay debajo de esas piedras, de dónde viene el agua, por qué viñedos relativamente cercanos pueden comportarse de maneras diferentes y, fundamentalmente, cómo interpretan esas diferencias las personas que trabajan allí. Y cuanto más profundizo, menos homogéneo encuentro a Los Chacayes. Quizás ésa sea la mejor conclusión posible: se trata de una IG que tiene muchas historias para contar.
En esta última visita recorrí nuevamente bodegas y viñedos, conversé con sus protagonistas y probé los vinos en el mismo lugar en el que nacen. Algunas historias confirmaron cosas que ya pensaba, otras me obligaron a revisar ideas y hubo también nuevos descubrimientos. Cada uno merece su propia nota. Por eso esta vez prefiero no intentar contar Los Chacayes de una sola vez. Esta introducción es apenas el mapa antes de comenzar el viaje.
En las próximas notas de El Ángel del Vino iremos entrando en sus distintos rincones, conociendo proyectos, personas, viñedos y vinos. Porque ahora estoy convencido de algo que dos años atrás apenas empezaba a intuir: para comprender Los Chacayes no alcanza con llegar. Hay que recorrerlo.
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